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Un librito de Henry James




PorLuis Suñén - Publicado el 22 Junio 2010

Un librito de Henry James

En el mes de marzo pasado dedicábamos en SCHERZO un dosier a la música en Estados Unidos y en él hablábamos de su origen, su evolución su presencia actual, la importancia de la cultura norteamericana como ejemplo de libertad creadora. Compositores que estuvieron siempre en eso que llamábamos vanguardia junto a otros menos inquietos pero con ganas de que se les entendiera todo y a ser posible enseguida.
Todo eso tiene su historia, que incluye desde los inicios más débiles –y sobre todo si se comparan con lo que habría de llegar- a los episodios más pintorescos –no recuerdo el nombre de aquel maestro que dirigía pistola al cinto- pasando por la presencia creciente en un negocio –el de la música en general y el discográfico en particular-  que tendrá en las grandes orquestas americanas y en la implicación de la sociedad local en su desarrollo un punto de apoyo decisivo.
Viene a cuento esta evocación americana porque uno acaba de leer El punto de vista, la preciosa novelita epistolar de Henry James que acaba de publicar La Compañía de los Libros  en traducción de Ernesto Schoo. El libro es una suerte de visiones cruzadas del mundo americano en relación con la Europa de finales del XIX, es decir, la comparación de una sociedad naciente con otra que se considera a sí misma –y lo será siempre para el autor de Las alas de la paloma- si no perfecta sí la mejor posible para un caballero culto o una señorita con pretensiones –remito al lector a los personajes de El punto de vista que opinan lo contrario, brillantes y decididos aun en sus limitaciones.

Cuando James escribe su libro, la música de su país natal está naciendo mientras la de su país de adopción renace. Y la profecía de otro personaje de este librito que les recomiendo de veras afirma que ya habrá tizianos y catedrales en América como los había entonces en Europa. Tizianos comprados y catedrales de imitación dirán algunos. Sí, claro, inevitablemente. Pero también rotkos y algún rascacielos. Y, en la música, muchos viajes de ida y vuelta, unos y otros atravesando el charco como lo hacía el propio Henry James. Él, al fin, prefirió quedarse en Inglaterra –después de que le pusieran verde en ambas orillas por el libro del que aquí hablamos- y por eso mismo fue también muy americano. Sus pares músicos de hoy se han quedado en su tierra, se autoabastecen cada día más. El primero que lo vio fue un tal Charles Ives.