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Salomé desvelada




PorLuis Suñén - Publicado el 26 Abril 2010

Salomé desvelada

He visto ayer la Salomé de Strauss en el Real en la producción de Robert Carsen. Un espectáculo magnífico al que es difícil ponerle peros y al que al parecer le puso unos cuantos –uno en realidad: precisamente la dirección escénica- parte del público del estreno.
Quizá con Salomé pase, aunque sea en menor medida, lo mismo que con Lulu de Alban Berg, que determinado público no ha acabado de asimilarla en cien años de existencia, que les parece demasiado fuerte –como ellos dirían-, como si la violencia o el sexo o el dinero no hubieran movido el mundo. Seguramente alguien se vería reflejado en los caballeros de esmoquin que rodean a Salomé en su danza en medio de la cámara acorazada de un casino –asunto que escandalizaba en algún previo periodístico, siempre tomando el rábano por las hojas-, con un Herodes curiosamente parecido a Roman Polanski –no entiendo cómo ningún crítico de los que he leído lo vio, cuando era bien fácil- y una Herodías más taimada que nunca defendiendo su mala reputación.
Me gustó mucho el montaje de Carsen –nada que ver con Katia ni con las carmelitas- porque añade posibilidades a la ópera, porque  es coherente con su propia narratividad–no veo tampoco por qué sorprende que los esbirros apunten al final a la madre y no a la hija cuando en la danza las diferencias se diluyen-, porque trabaja muy bien el movimiento de los actores, nunca como estatuas que no saben a dónde ir y optan por una quietud ridícula. Y un montaje que entendió muy bien Jesús López Cobos en uno de sus dos o tres mejores trabajos de siempre en el Real, con una orquesta entregada, como si uno y otro quisieran demostrar a quien viene que las cosas no se han hecho tan mal. Foso y escena trabajaron de consuno, cosa que, ya se sabe, no siempre ocurre. Y formidable el elenco canoro, segundo reparto esta vez, con una excelente Annalena Persson como Salomé.
Al salir, alguien a quien le había gustado mucho el montaje comentaba si valdría la pena seguir con su abono, no porque Mortier sea un moderno sino porque no vaya a ser un buen moderno. Que no era, en definitiva, lo que se quería demostrar. Pues bien, producciones así, lecturas distintas y cargadas de sentido, hacen un teatro. Si buscábamos modernidad, estar al día, buena reputación y todas esas cosas, ya las teníamos. A ver qué pasa y cómo se mejora lo hecho, señoras y señores.
 
Escena de Salome en el Teatro Real