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El Blog | Blas Matamoro




Los niños de Britten

Los niños de Britten

La reciente reposición de Muerte en Venecia en el teatro Real ha permitido repasar el rol insistente de la niñez en ciertas obras de Britten. En la citada ópera Tadzio, el púber del cual se enamora Von Aschenbach, es un personaje mudo encarnado por un bailarín, según exige la historia llevada a la escena lírica. Es poco más que un niño y el atractivo que despierta en el protagonista, siendo erótico, difícilmente puede entenderse como sexual en un sentido físico.



Volviendo a otro Strauss

Volviendo a otro Strauss

No me refiero a la abundante familia que, con este apellido, se ha inscrito en la historia de la música, sino al filósofo David Friedrich Strauss, muy leído y muy olvidado autor de La vida de Jesús (1835) y Vieja y nueva fe (1872). Este Strauss ofreció una versión del mundo moderno –para entendernos: segunda revolución industrial y gran expansión imperialista europea– como un orbe dominado por las ciencias aplicadas y su maraña de técnicas: altos hornos, abonos químicos, vacunas, crítica bíblica, periodismo, ferrocarril, correo, suma y sigue.



El arte de Javier Perianes

El arte de Javier Perianes

Hace dos noches, Perianes propuso un recital Mendelssohn-Beethoven donde actuó con un recurso ya muy felizmente ensayado en la dupla Chopin-Debussy: poner en juego estéticas dispares pero secretamente afines, de modo que se puedan oír obras de dos maestros, pegadas como si surgieran de una misma partitura. Perianes juega, entonces, como un conjurador, alguien que conoce el oculto signo de pase que liga a un ejemplo de experimentalismo —el Beethoven del opus 110, por ejemplo— con ese paradigma de la contención neoclásica que morigera una sensibilidad romántica, es decir Mendelssohn.



Arranques del joven genio

Arranques del joven genio

Es sabido que el joven Schumann tuvo una educación musical intermitente, poco sistemática y confiada en un genio al que tenía derecho en reconocer. Desde luego, estos alumnos poco ejemplares suelen ser discípulos encarnizados de sí mismos, eternos estudiantes. Lo cierto es que Schumann empezó componiendo unas canciones. Tenía 18 años y se las aprobó el director musical local Gottlob Widebein. El chico quedó entusiasmado con el éxito y decidió ser el autor de una compleja obra, como Dios manda, para figurar en las enciclopedias de la especialidad.



La deconstrucción schumanniana

La deconstrucción schumanniana

Observa Martin Geck en su inteligente libro sobre Robert Schumann —se lo puede conseguir traducido por Clara Corral Martínez en la edición de Alianza— que, al menos en dos ejemplos pianísticos del músico suabo, hay lo que hoy, con jerga actualizada, podríamos denominar deconstrucciones. Es decir: algo que está construido se desmonta siguiendo, a la inversa, el procedimiento de su construcción. Si nos ponemos dialécticos podemos concluir que todo reverso es su inverso. En música: volver al comienzo desde el final es finalizar al comenzar.



Chicas al violín

Chicas al violín

Uno de los tópicos que el tiempo ha felizmente derogado es que existen instrumentos musicales destinados, por reparto, a mujeres y varones. Los antecedentes pueden resultar hoy pintorescos. Algunas sociedades filarmónicas de la Alemania ilustrada (siglo XVIII) prohibían a las damas tocar instrumentos que debieran llevarse a la boca o ponerse entre las piernas. O sea: nada de oboes ni violonchelos. ¿Acaso resultaban menos obscenos entre muslos viriles y labios varoniles?



Una resonancia

Una resonancia

Es curioso observar cómo ciertas figuras verbales han prestado su ayuda a diversos pensadores a lo largo de los siglos y, normalmente, sin que hubiese contacto entre ellos. O bien se trata de problemas que se repiten sin resolverse o de respuestas que, por acertadas, se reiteran con felicidad a través del tiempo. Una de tantas se refiere a la relación entre la música, la palabra y el pensamiento.



La Novena, una vez más

La Novena, una vez más

La última y cantada sinfonía de Beethoven ha generado abundante literatura. Y si digo literatura es porque excluyo los trabajos musicológicos —estoy pensando en el admirable de Massimo Mila— que entran en la partitura con sus propios instrumentos, nunca mejor dicho. La literatura es otra cosa: es el bello abuso de la palabra cotidiana.



¿La Carmen de España?

¿La Carmen de España?

El madrileño teatro de la Zarzuela ha presentado una Carmen de Bizet con letra en español debida a relecturas de viejas versiones al castellano del original francés. Ciertamente, considerables escritores andaluces como José María Pemán y Fernando Quiñones lo hicieron en su tiempo, aunque no han sido tenidos en cuenta. Yi Chen Lin dirigió admirablemente la orquesta y María José Montiel y Sabina Puértolas (Carmen y Micaela) estuvieron a la misma y admirable altura. La puesta de Ana Zamora rayó en lo deplorable.



Elogio del oído

Elogio del oído

En la historia de la humana cultura ha habido —posiblemente, siga habiéndola, aunque alterando los grados— una suerte de jerarquía de los sentidos. Los clásicos privilegiaron la vista, sentido que “toca” los objetos pero a distancia, con la debida separación que facilita la comprensión. La vista es teórica, racional, inteligente. La sigue el tacto, que reconoce las cosas con inmediatez. En cuanto al gusto, tuvo larga mala fama hasta el siglo XVIII.