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El Blog | Blas Matamoro




Los ingleses y la música

Los ingleses y la música

Entre las convenciones de la historia musical, la opacidad que cubre a la música inglesa es una de las principales. En efecto, salvando el siglo de oro barroco isabelino, el siglo de Shakespeare, Inglaterra no ha dado nombres de primera magnitud ni al clasicismo, ni al romanticismo ni a las turbulencias estéticas del siglo XX. Todo ello, hasta que llegó Benjamin Britten. Y sin perder de vista que siempre hubo en las islas un vasto público melómano y una sostenida tropa de excelentes intérpretes en todos los renglones de la actividad.



En honor de Oliver Sacks

En honor de Oliver Sacks

Oliver Sacks ha anunciado la faz terminal de su enfermedad y su próxima muerte. Ha construido una de las decisiones más fuertes de la vida, apoderarse de su final. Lo ha hecho con la suprema elegancia espiritual que siempre lo ha caracterizado. Habrá un momento en que dejará de estar con nosotros. En su lugar, el que se ha ganado con su obra, con una vida consagrada a su obra, seguiremos estando con él. Se lo prometemos porque se lo debemos.



El enigma de Norma

El enigma de Norma

La belliniana Norma tiene sus enigmas. ¿Por qué cedió Wagner a esta obra un momento de admiración, admitiendo no ser capaz de semejante cosa? ¿Qué tesitura de soprano exige la protagonista, ya que la lista de sus intérpretes en el siglo XIX es tan heterogénea? En la primera mitad del Novecientos, el papel se acostumbraba adjudicar a sopranos dramáticas —Raisa, Cigna, Muzio, Caniglia— o a ese inclasificable fenómeno llamado Rosa Ponselle, de cuya interpretación apenas nos queda un par de fragmentos grabados.



Escenas de taller musical

Escenas de taller musical

Siempre llama la atención saber que un músico no se vale del piano para componer, al revés que la mayoría de sus colegas. Shostakovich, por ejemplo, sobre todo hacia la madurez de su carrera, prescindía del teclado, aunque el instrumento, paciente y mudo, yaciera a su vera. El paradigma, muy citado, es el del gran sordo Beethoven, que no llegó a oír nunca buena parte de sus obras. Se dice que componía al aire libre, de memoria, acaso auxiliado por el colorido de la naturaleza, que quizá traducía a notación gracias a su recuerdo sonoro.



Darwiniana

Darwiniana

“Como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre (…) deben catalogarse entre las más misteriosas de las que está dotado.” Esto dice Darwin en El origen del hombre. Como buen investigador científico, se detuvo ante lo incomprensible. Cuando le ocurría, supo invocar al azar (chance). Aquí llegó más lejos y optó por el misterio. No nos extrañe esta manifestación de asombro. También definió el ojo humano como “un milagro”.



Músicas inmorales

Músicas inmorales

¿Puede una música ser inmoral? Me pongo al frente de quienes responden rotundamente que no. Un complejo sistema de signos carentes de significados como es la música, muy malamente puede contener ofensas contra las reglas de conducta de una sociedad. Sin embargo, la historia de nuestro arte registra cuantiosos ejemplos de lo contrario. No me refiero a las músicas vinculadas a la palabra porque, en tal caso, la inmoralidad puede hallarse en los dichos verbales. Un solo caso: Salomé de Richard Strauss fue prohibida en determinados teatros por utilizar el texto de Oscar Wilde.



¿Música religiosa?

¿Música religiosa?

Los cultos religiosos de todo el mundo han acudido a la música en las debidas ocasiones. Pero ¿cabe admitir una categoría universal de música estrictamente religiosa? Si nos limitamos al ámbito católico europeo, que es tal vez el más productivo en la materia, y escuchamos sucesivamente una página de Palestrina y otra de Penderecki, aunque se valgan del mismo texto latino, tenemos asegurada la perplejidad. Pensemos en un campo más acotado, el tema de la muerte. A la hora de los Requiem ¿qué tiene que ver la serenidad de Fauré con el desgarro de Verdi?



El caso Jan Sibelius

El caso Jan Sibelius

Este año se cumplen los 150 del nacimiento de Jan Sibelius. Es uno de esos compositores del siglo XX que podemos silbar, tararear y canturrear de memoria, si es que no dominamos el finés y somos capaces de cantarlo plenamente. Melodías como las de Finlandia y Vals triste son accesibles al recuerdo y reaparecen con cierta insistencia en fondos sonoros de películas, radionovelas y series o publicidades de televisión. No lo digo con desdén aunque sé que cierto tipo de aficionados y profesionales de la música lo hacen.



Libros y libretos, librillos y libretas

Libros y libretos, librillos y libretas

Colaborando con Benjamin Britten en el texto de la ópera Billy Budd, basada en un relato de Melville, Eric Crozier meditó acerca de las características de un libreto de ópera. Contra lo previsible, es decir que el texto operístico debe ser similar a un drama poético, Crozier opina que debe estar incompleto, ser “un simple trampolín para la música”. El poeta cuenta sólo con la palabra para expresarse, en tanto el libretista ha de ser sencillo y depurado, proponer versos o prosas cantables, dejar en blanco un ancho campo para que el músico haga su música.



La seria cuestión serial

La seria cuestión serial

La aparición del serialismo fue uno de los traumas estéticos de la música en el siglo XX. Y digo estético pero no técnico, a pesar de que mucha crítica ha considerado meramente técnica la propuesta de Arnold Schönberg. En contra, la gran voz apocalíptica de Theodor W. Adorno proclama que Schönberg cumple una suerte de profecía y diseña un destino: la abolición de la tonalidad. Para suscribirla hace falta creer en los destinos y las profecías, y hasta en el progresismo en materia de arte, lo cual parece rasantemente desmentido por la experiencia del arte mismo.