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El Blog | Blas Matamoro




Darwiniana

Darwiniana

“Como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre (…) deben catalogarse entre las más misteriosas de las que está dotado.” Esto dice Darwin en El origen del hombre. Como buen investigador científico, se detuvo ante lo incomprensible. Cuando le ocurría, supo invocar al azar (chance). Aquí llegó más lejos y optó por el misterio. No nos extrañe esta manifestación de asombro. También definió el ojo humano como “un milagro”.



Músicas inmorales

Músicas inmorales

¿Puede una música ser inmoral? Me pongo al frente de quienes responden rotundamente que no. Un complejo sistema de signos carentes de significados como es la música, muy malamente puede contener ofensas contra las reglas de conducta de una sociedad. Sin embargo, la historia de nuestro arte registra cuantiosos ejemplos de lo contrario. No me refiero a las músicas vinculadas a la palabra porque, en tal caso, la inmoralidad puede hallarse en los dichos verbales. Un solo caso: Salomé de Richard Strauss fue prohibida en determinados teatros por utilizar el texto de Oscar Wilde.



¿Música religiosa?

¿Música religiosa?

Los cultos religiosos de todo el mundo han acudido a la música en las debidas ocasiones. Pero ¿cabe admitir una categoría universal de música estrictamente religiosa? Si nos limitamos al ámbito católico europeo, que es tal vez el más productivo en la materia, y escuchamos sucesivamente una página de Palestrina y otra de Penderecki, aunque se valgan del mismo texto latino, tenemos asegurada la perplejidad. Pensemos en un campo más acotado, el tema de la muerte. A la hora de los Requiem ¿qué tiene que ver la serenidad de Fauré con el desgarro de Verdi?



El caso Jan Sibelius

El caso Jan Sibelius

Este año se cumplen los 150 del nacimiento de Jan Sibelius. Es uno de esos compositores del siglo XX que podemos silbar, tararear y canturrear de memoria, si es que no dominamos el finés y somos capaces de cantarlo plenamente. Melodías como las de Finlandia y Vals triste son accesibles al recuerdo y reaparecen con cierta insistencia en fondos sonoros de películas, radionovelas y series o publicidades de televisión. No lo digo con desdén aunque sé que cierto tipo de aficionados y profesionales de la música lo hacen.



Libros y libretos, librillos y libretas

Libros y libretos, librillos y libretas

Colaborando con Benjamin Britten en el texto de la ópera Billy Budd, basada en un relato de Melville, Eric Crozier meditó acerca de las características de un libreto de ópera. Contra lo previsible, es decir que el texto operístico debe ser similar a un drama poético, Crozier opina que debe estar incompleto, ser “un simple trampolín para la música”. El poeta cuenta sólo con la palabra para expresarse, en tanto el libretista ha de ser sencillo y depurado, proponer versos o prosas cantables, dejar en blanco un ancho campo para que el músico haga su música.



La seria cuestión serial

La seria cuestión serial

La aparición del serialismo fue uno de los traumas estéticos de la música en el siglo XX. Y digo estético pero no técnico, a pesar de que mucha crítica ha considerado meramente técnica la propuesta de Arnold Schönberg. En contra, la gran voz apocalíptica de Theodor W. Adorno proclama que Schönberg cumple una suerte de profecía y diseña un destino: la abolición de la tonalidad. Para suscribirla hace falta creer en los destinos y las profecías, y hasta en el progresismo en materia de arte, lo cual parece rasantemente desmentido por la experiencia del arte mismo.



Los niños de Britten

Los niños de Britten

La reciente reposición de Muerte en Venecia en el teatro Real ha permitido repasar el rol insistente de la niñez en ciertas obras de Britten. En la citada ópera Tadzio, el púber del cual se enamora Von Aschenbach, es un personaje mudo encarnado por un bailarín, según exige la historia llevada a la escena lírica. Es poco más que un niño y el atractivo que despierta en el protagonista, siendo erótico, difícilmente puede entenderse como sexual en un sentido físico.



Volviendo a otro Strauss

Volviendo a otro Strauss

No me refiero a la abundante familia que, con este apellido, se ha inscrito en la historia de la música, sino al filósofo David Friedrich Strauss, muy leído y muy olvidado autor de La vida de Jesús (1835) y Vieja y nueva fe (1872). Este Strauss ofreció una versión del mundo moderno –para entendernos: segunda revolución industrial y gran expansión imperialista europea– como un orbe dominado por las ciencias aplicadas y su maraña de técnicas: altos hornos, abonos químicos, vacunas, crítica bíblica, periodismo, ferrocarril, correo, suma y sigue.



El arte de Javier Perianes

El arte de Javier Perianes

Hace dos noches, Perianes propuso un recital Mendelssohn-Beethoven donde actuó con un recurso ya muy felizmente ensayado en la dupla Chopin-Debussy: poner en juego estéticas dispares pero secretamente afines, de modo que se puedan oír obras de dos maestros, pegadas como si surgieran de una misma partitura. Perianes juega, entonces, como un conjurador, alguien que conoce el oculto signo de pase que liga a un ejemplo de experimentalismo —el Beethoven del opus 110, por ejemplo— con ese paradigma de la contención neoclásica que morigera una sensibilidad romántica, es decir Mendelssohn.



Arranques del joven genio

Arranques del joven genio

Es sabido que el joven Schumann tuvo una educación musical intermitente, poco sistemática y confiada en un genio al que tenía derecho en reconocer. Desde luego, estos alumnos poco ejemplares suelen ser discípulos encarnizados de sí mismos, eternos estudiantes. Lo cierto es que Schumann empezó componiendo unas canciones. Tenía 18 años y se las aprobó el director musical local Gottlob Widebein. El chico quedó entusiasmado con el éxito y decidió ser el autor de una compleja obra, como Dios manda, para figurar en las enciclopedias de la especialidad.