Ud. está aquíInicio / Bitácoras / El Blog | Blas Matamoro

El Blog | Blas Matamoro




Agosto de 1823

Agosto de 1823

Entre el 20 y el 21 de agosto de 1823, Giacomo Leopardi anota en sus cuadernos una larga consideración sobre la música. Es notable por lo extensa, acaso el más prolongado de sus apuntes, y también porque desde su retiro en Recanati y con algunas excursiones por otras ciudades de Italia, su información musical debió ser muy restringida. Cita a un solo compositor, Rossini, y habla – mesuradamente mal – de la música alemana ¿a partir de quién? Fuera de los especialistas, pocos serían quienes conocieran a Beethoven, dicho sea por caso.



La noche romántica

La noche romántica

Una de las tantas notas que pueden caracterizar a los romanticismos es el culto a la noche. En especial si centramos el orbe del arte romántico en la más románticas de sus disciplinas, la música. Así encontraremos una proliferación de nocturnos, empezando con Chopin, hasta llegar a la culminación en la noche de amor de Tristán e Isolda.



Un enigma leopardiano

Un enigma leopardiano

El 24 de julio de 1823 escribió Leopardi en sus cuadernos (luego titulados Zibaldone di pensieri) que el canto firme es como la prosa de la música y el canto figurado, como la poesía lo es de la música. Esta diferencia acredita que Leopardi sabía algo de nomenclatura musical. Más aún: que conocía el punto donde se puede fijar el definitivo confín entre la música antigua, inmemorial, y la moderna, escrita.



En defensa de la ópera

En defensa de la ópera

Hay varios argumentos que se esgrimen cada vez que se trata de cuestionar la existencia de la ópera:

       1: Que es anacrónica pues para llenar de voces una gran sala no hace falta impostar sino que basta con la megafonía.

       2: Que es igualmente anacrónica pues ya no se escriben auténticas óperas y, además, el género sólo cubre tres siglos de la historia musical: el XVII, el XVIII y el XIX.



Pitagórica

Pitagórica

La escuela de Pitágoras, en la Grecia clásica, logró unir la mística con las matemáticas, sosteniendo que el universo tiene un orden numérico y que tanto los números como las relaciones entre ellos, son la última razón de las cosas. El punto de intersección entre ambos campos era la música. Cualquiera puede saber si en la historia del mundo fueron una o las otras quienes dieron la señal de empezar. El comienzo de todo ¿fue una lección de solfeo o un teorema?



Goethe y la diva

Goethe y la diva

En noviembre de 1808 se estaba ensayando en el teatro de la corte de Weimar una ópera de Ferdinand Paër. El tenor contratado era Otto Morhardt, quien se excusó de concurrir a las pruebas exhibiendo un certificado médico que probaba una severa afonía. La soprano principal, la prima donna, se llamaba Karoline Jagemann y, aparte de su profesionalidad, cultura letrada y buena presencia, vivía como concubina del Gran Duque local, Augusto de Weimar-Coburgo, a quien dio un hijo correctamente bastardo.



La música, madre amantísima

La música, madre amantísima

El carácter materno de la música ha sido subrayado repetidamente, cada vez que ha salido el tema del oscuro y raigal origen de nuestra afición melómana. Dejando de lado laberintos psicoanalíticos, sin embargo resulta evidente que la voz de nuestra madre ha de ser el primer sonido que, aún antes de nacer, aprendimos a escuchar. Más aún si la madre ha cantado al nascituro, anunciándole un destino armonioso y entonado en este mundo, a menudo desafinado y desentonado.



Gamberros, macarras y atorrantes en la música

Gamberros, macarras y atorrantes en la música

Cuenta Francis Poulenc que, de muchacho, solía gastar el dinero que sus padres le daban para comprar los libros escolares en entradas de claque en los teatros de operetas y revistas. Allí aplaudía a Maurice Chevalier y a la Mistinguette. Y comenta que así aprendió a cultivar el coté mauvais garçon (gamberro, macarra, atorrante) de su música. Desde luego, sintetizado con toda su finura armónica y algún instante de vanguardismo.



Una novedad: La Traviata

Una novedad: La Traviata

Una antigua habitual del teatro Colón de Buenos Aires me dijo hace años: “Usted no se imagina lo que era Claudia Muzio en el cuarto acto de La Traviata. Con ella se moría hasta el último dobladillo de su camisón”. La divina Claudia —así la llamaban sus forofos porteños, como si fuera de la familia— de la cual nos queda apenas un momento de su Violetta, fue una de las grandes “extraviadas”, junto a Rosa Ponselle y, desde luego, María Callas. A todas ellas evoqué, aunque nunca las hubiera visto, al asistir lo que hizo Ermonela Jaho noches pasadas en el Real.



La oración del ateo

La oración del ateo

La muerte, por su universalidad y su fuerza definitoria —todos morimos y tal mortalidad define la vida de cada uno de nosotros— ha ocupado al arte y, en especial a la música, en cualquier tiempo y lugar. Se dice que los monumentos más antiguos que se conservan, las huellas más remotas de la ansiosa memoria humana, son recordatorios funerales.