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El Blog | Blas Matamoro




En defensa de la ópera

En defensa de la ópera

Hay varios argumentos que se esgrimen cada vez que se trata de cuestionar la existencia de la ópera:

       1: Que es anacrónica pues para llenar de voces una gran sala no hace falta impostar sino que basta con la megafonía.

       2: Que es igualmente anacrónica pues ya no se escriben auténticas óperas y, además, el género sólo cubre tres siglos de la historia musical: el XVII, el XVIII y el XIX.



Pitagórica

Pitagórica

La escuela de Pitágoras, en la Grecia clásica, logró unir la mística con las matemáticas, sosteniendo que el universo tiene un orden numérico y que tanto los números como las relaciones entre ellos, son la última razón de las cosas. El punto de intersección entre ambos campos era la música. Cualquiera puede saber si en la historia del mundo fueron una o las otras quienes dieron la señal de empezar. El comienzo de todo ¿fue una lección de solfeo o un teorema?



Goethe y la diva

Goethe y la diva

En noviembre de 1808 se estaba ensayando en el teatro de la corte de Weimar una ópera de Ferdinand Paër. El tenor contratado era Otto Morhardt, quien se excusó de concurrir a las pruebas exhibiendo un certificado médico que probaba una severa afonía. La soprano principal, la prima donna, se llamaba Karoline Jagemann y, aparte de su profesionalidad, cultura letrada y buena presencia, vivía como concubina del Gran Duque local, Augusto de Weimar-Coburgo, a quien dio un hijo correctamente bastardo.



La música, madre amantísima

La música, madre amantísima

El carácter materno de la música ha sido subrayado repetidamente, cada vez que ha salido el tema del oscuro y raigal origen de nuestra afición melómana. Dejando de lado laberintos psicoanalíticos, sin embargo resulta evidente que la voz de nuestra madre ha de ser el primer sonido que, aún antes de nacer, aprendimos a escuchar. Más aún si la madre ha cantado al nascituro, anunciándole un destino armonioso y entonado en este mundo, a menudo desafinado y desentonado.



Gamberros, macarras y atorrantes en la música

Gamberros, macarras y atorrantes en la música

Cuenta Francis Poulenc que, de muchacho, solía gastar el dinero que sus padres le daban para comprar los libros escolares en entradas de claque en los teatros de operetas y revistas. Allí aplaudía a Maurice Chevalier y a la Mistinguette. Y comenta que así aprendió a cultivar el coté mauvais garçon (gamberro, macarra, atorrante) de su música. Desde luego, sintetizado con toda su finura armónica y algún instante de vanguardismo.



Una novedad: La Traviata

Una novedad: La Traviata

Una antigua habitual del teatro Colón de Buenos Aires me dijo hace años: “Usted no se imagina lo que era Claudia Muzio en el cuarto acto de La Traviata. Con ella se moría hasta el último dobladillo de su camisón”. La divina Claudia —así la llamaban sus forofos porteños, como si fuera de la familia— de la cual nos queda apenas un momento de su Violetta, fue una de las grandes “extraviadas”, junto a Rosa Ponselle y, desde luego, María Callas. A todas ellas evoqué, aunque nunca las hubiera visto, al asistir lo que hizo Ermonela Jaho noches pasadas en el Real.



La oración del ateo

La oración del ateo

La muerte, por su universalidad y su fuerza definitoria —todos morimos y tal mortalidad define la vida de cada uno de nosotros— ha ocupado al arte y, en especial a la música, en cualquier tiempo y lugar. Se dice que los monumentos más antiguos que se conservan, las huellas más remotas de la ansiosa memoria humana, son recordatorios funerales.



Nacionalismos

Nacionalismos

Parece ser que no hay sistema de signos más universal, inmediato, planetario y cuantas más calificaciones se le puedan extraer, que la música. Llega enseguida al sentimiento de cualquier animal humano sin necesidad de traducción ni explicaciones. En este sentido, resulta claramente incompatible con todo nacionalismo. En efecto, pensar que una música de tal o cual país sólo puede conmover o interesar a sus aborígenes, carece de asidero en la experiencia de los melómanos.



Los noventa de Pierre Boulez

Los noventa de Pierre Boulez

Es feliz la circunstancia de que Boulez cumpla 90 años y esté presentable, aunque la ancianidad parece poco propicia a una personalidad tan vivaz y traviesa como la suya. En efecto, la carrera de Boulez está sembrada de polémicas, de reacciones airadas, de juicios rasantes, todo muy en la tradición de la vanguardia francesa. En ese punto, quizá, se sitúe lo que define la carrera buleciana: en la intersección de la vanguardia y la institución, una suerte de academicismo vanguardista.



El melómano imperial

El melómano imperial

Música sublime y terrorismo militar fueron dos tareas señaladas a Alemania en la moderna historia europea. La cosa empezó en la Prusia del siglo XVIII con Federico el Grande, conductor de tropas —bien asesorado por su hermano, que es quien conocía la materia— y flautista. Su padre intentó en vano reprimir su afición musical como también, de modo inútil, sus costumbres sexuales. Finalmente, Federico estudió con Quantz y se dio el lujo de ignorar la Ofrenda musical que le dedicó Bach.