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El Blog | Blas Matamoro




El terrible cantor

El terrible cantor

Cuenta Isabel de Madariaga en su documentadísima y fluida biografía de Iván el Terrible que, acaso ya alcanzado por una incipiente locura, el zar había trasladado su corte particular fuera de Moscú, a Aleksandrovskaia Sloboda. Todos recordamos la idealizada secuencia que narra este desplazamiento en la película de Eisenstein con música de Prokofiev.



De la cabeza a los pies

De la cabeza a los pies

Soy de los que advierten siempre en la música de Tchaikovsky una suerte de honda convicción bailable. Más que una música para que bailen otros, una música para que ella misma baile consigo misma, en un espacio ideal y con la corporeidad que, si no ideal, es muy levemente real, pues consta apenas de una sonoridad pasajera. En sus sinfonías, caprichos, cuartetos, conciertos, siempre hay una marcha, un vals, una majestuosa polonesa, hasta un adagio con largos arcos melódicos que evocan el solo de una étoile del baile.



Verdad y realidad de la música

Verdad y realidad de la música

Cualquier melófilo es capaz de decir, con completa certeza, que la música es verdadera y real. Su realidad es inmediata porque es sonora, una tangible e indiscutible presencia vibrátil. Su verdad es la de cualquier experiencia poética: dice lo que dice y no hay más vueltas. Qué es lo que dice es lo de menos, porque no se puede ni se debe traducir, pero que es verdad tampoco se discute porque dice lo que es, lo que nos hace ser mientras la escuchamos. Estas incertidumbres tan categóricas se instalan en la polémica musical que agitó el siglo XX.



Cuando el cine empezó a sonar

Cuando el cine empezó a sonar

Varias generaciones de espectadores conciben hoy el cine como naturalmente sonoro y si a veces, por curiosidad, les toca ver un filme mudo, lo juzgan justamente eso, una curiosidad. No siempre fue así. En los comienzos del sonoro hubo grandes nombres como Charles Chaplin y René Clair que se manifestaron en contra de la sonorización. El crítico Siegfried Kracauer se preguntaba en 1930 cuándo el cine sonoro llegaría a ocupar su ensanchado y verdadero espacio.



De cabeza en la música

De cabeza en la música

La situación de los centros que en el cerebro controlan nuestra actividad musical ha sido objeto de acuciosos estudios, de los cuales me atrevo a rememorar los de Oliver Sacks, neurólogo y músico a la vez. De música sé alguna cosa y de neurología, nada. Por ello he leído con asombro las noticias acerca de operaciones quirúrgicas llevadas a cabo en California y Andalucía –concretamente, en Málaga– durante las cuales el intervenido, un músico, siguió tocando su instrumento.



Meloterapia

Meloterapia

El caso del pianista James Rhodes, autor del libro Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, corre el peligro de convertirse en un desdichado buen éxito, carne de banquetes mediáticos. En su texto, sometido al juicio de los tribunales para evitar/permitir que lo leyera un hijo suyo, menor de edad, Rhodes cuenta que fue violado repetidamente, entre sus seis y sus diez años, por un profesor de gimnasia.



Música en el Lager

Música en el Lager

Es un lugar común saber que en el pueblo alemán la música ha ocupado por siglos y sigue ocupando un sitio de alto prestigio social. También sabemos la alta cota de barbarie que las tropas formales e informales de la Alemania naci, alcanzaron durante su régimen. Quizá menos tópico sea el encuentro de ambas cosas en uno de los tantos ejemplos de la ambigua condición humana.



Tocar la música

Tocar la música

Recorriendo algunas de las lenguas cercanas a la nuestra —es decir, aquella en que ahora mismo estoy escribiendo y que la hago nuestra porque la comparto contigo, sea quien fuere el que lea— resulta curioso observar con qué palabras se indica el acto de interpretar la música. Se trata, como sabemos, de convertir un objeto mudo, la partitura, en un objeto sonoro, la música como fenómeno acústico. Varias de ellas se deciden por lo que el castellano denomenaríamos un jugar: to play (inglés), jouer (francés) y spielen (alemán).



La guerra de las divas

La guerra de las divas

Durante siglos, las mujeres estuvieron alejadas de los poderes públicos, salvo algún accidente como que cualquiera resultase reina o emperatriz. Una de las escasas compensaciones de las que gozaron fue reinar y hasta imperar en los escenarios, donde el poderío de las divas se teñía con la ambigua aureola que ciñeron las mujeres del teatro. Incontables son las historias al respecto porque las monarquías guerreaban entre sí y este belicismo tuvo su similitud en los proscenios de la ópera, primero en la privacidad de las cortes y luego ante los públicos burgueses y aún populares.



Butterfly enmudece

Butterfly enmudece

La ópera de Puccini Madame Butterfly ha aparecido repetidamente en las pantallas, en ráfagas o entera, a partir del cine sonoro. La música ha permitido perpetuar esta historia propia de un Japón pobre y primario, donde una chica local podía fascinarse con un rubio  carapálida venido de lejos. La cosa, desde luego, ya no es posible en tiempos del G-7.