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El Blog | Blas Matamoro




Extravagancia y duración

Extravagancia y duración

La historia de la música es, entre otras muchas cosas, la historia de su recepción. Se dirá que esto ocurre con todos los discursos culturales y es verdad, pero la música acredita, en este sentido, un plus: no existe si no se la escucha. De tal modo, lo que públicos de aficionados y circulitos de especialistas han dejado dicho durante siglos de melofilia, es esencial para trazar una historia del arte sonoro, dado que, en la inmensa mayoría de los casos, nadie volverá a oír las voces y los instrumentos del pasado anterior a los medios mecánicos de reproducción.



Tonalidad y expresión

Tonalidad y expresión

El tema de la tonalidad, unido a la diferencia de modos, ha dado que hablar más que de componer en cuanto a la temática mayor de la música: su naturalidad expresiva, el admitir que la música expresa siempre, de modo inmediato, algo, un algo que no necesita explicitarse verbalmente y que, de vuelta, no hay palabra que pueda explicitarlo en medida cabal.



Cuestión de toque

Cuestión de toque

De todos los instrumentos, el piano goza de una especial popularidad, como si fuera el instrumento por excelencia de todos y de cualquiera. Hubo un tiempo en que hasta la mínima población del mundo contaba con una subpoblación de estudiantes de piano, que eran, así genéricamente, los músicos de la humanidad. Quizás no haya ingenio más manuable y, a la vez, tan complejo, para producir arte sonoro y de ahí su predicamento. En efecto, ¿qué otro aparato puede sonar como un laúd y una orquesta?



El viaje de Parsifal

El viaje de Parsifal

Poner en escena a Wagner es siempre una patata caliente por la duración abusiva de sus óperas, las acciones repetidas, la sobreabundancia de estáticos relatos, la naturaleza mestiza de esas producciones que no acaban de ser óperas, cantatas dramáticas o sinfonías con voces.

El problema se acentúa en el caso de Parsifal, su última obra, que él consideró un “festival sagrado” y que tiene algo de ritual, de liturgia entre católica y pagana, con un larguísimo dúo de ópera y una cantidad de trucos escénicos a la manera de esa espectacularidad que Wagner decía detestar.



Cuando la música está en peligro

Cuando la música está en peligro

Hay unas graciosas y malévolas caricaturas de época que muestran a Héctor Berlioz como un director de orquesta que en lugar de conducir a un conjunto de músicos, dirige a una tropa de artilleros o un regimiento de coraceros a caballo.



Dos damas en una

Dos damas en una

En 1971 se estrenó en la Ópera de Viena La visita de la vieja dama con música de Gottfried von Einem sobre la comedia —tragedia en tono de farsa, dijeron algunos— de Friedrich Dürrenmatt. En las tablas, muchas de las primeras actrices han encarnado a su protagonista, la millonaria Claire Zachanassian que, medio inválida y harta de dinero, vuelve a su pueblo natal a cobrarse una juvenil deuda de amor. En cine la podemos seguir viendo en la figura de Ingrid Bergman acompañada por Anthony Quinn.



Vituperios

Vituperios

El libro de Nicolas Slonimsky, Repertorio de vituperios musicales (traducción de Mariano Peyrou, Taurus, Madrid, 2016) exhibe, prolijamente ordenadas por orden alfabético de músicos vituperados —están todos los que son y viceversa— y con un prólogo colmado por un sabroso anecdotario, las opiniones adversas que recibieron los más notorios compositores de la historia. El nombre de vituperios o invectivas es muy genérico y, en rigor, involucra categorías muy distintas.



Madame Butterfly, una canción de protesta

Madame Butterfly, una canción de protesta

Tras la verdiana Traviata, la pucciniana Madame Butterfly puede ser leída rápidamente como el enésimo ejemplo que cierto teatro tradicional nos ofrece de la también tradicional y tópica imagen de la mujer. En efecto, tanto la Dama de las Camelias, triunfadora en los salones de París, como la frágil Cio-Cio-San, cantante callejera en los suburbios de Nagasaki, son el paradigma de la mujer que llega a ser sublime si se sacrifica a favor de un hombre y, más ampliamente, sometiéndose a la moral de una sociedad de dominante masculino.



¿Verismos?

¿Verismos?

Se suelen representar juntas Cavalleria rusticana de Mascagni e I pagliacci de Leoncavallo, como piezas fundamentales de la por entonces nueva escuela verista. La reforma del lenguaje operístico, con arias más breves, mayor extensión del canto recitado, evitación de conjuntos con voces superpuestas, es observable ya en estas obras que marcan estilo. Lo menos verista de ellas, sin embargo, es precisamente su verismo.



Música clásica

Música clásica

Esta denominación tópica y errónea me vino a la memoria leyendo un texto de Jorge Wagensberg, inteligente como siempre son los suyos (“La belleza en aforismos”, El País, 12 de marzo de 2016). En él observa que desde la más remota constancia de artesanía humana, aparece la simetría, aun en instrumentos donde no es necesaria sino apenas —nada menos— hermosa. Pareciera que nuestros antepasados conocieron la emoción estética y de ella aprendieron y aprendimos a encontrar bello el pensamiento y hermoso el bien.