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El Blog | Blas Matamoro




¿Ofrenda o víctima?

¿Ofrenda o víctima?

La vida de Johann Sebastian Bach tiene muy escasos ribetes espectaculares. Uno de  estos excepcionales episodios fue la invitación a Berlín del rey prusiano Federico II, habitualmente adjetivado el Grande, aunque la jerga berlinesa lo suele reducir a El Viejo Fritz. Se dice que medió el conde Keyserling para cuyos insomnios Bach compuso las Variaciones Goldberg, que permanecieron inauditas en vida del músico. Lo digo por lo siguiente.



Música celestial

Música celestial

Dice Baudelaire en Mi corazón al desnudo que “la música vacía el cielo”. Las palabras no pueden ser más certeras y, si se quiere, más enigmáticas. Es probable que si le pudiéramos pedir explicaciones a Baudelaire nos diría que la música deja al cielo desnudo porque nuestra única realidad humana es terrenal y lo celestial es una invención nuestra. Mejor dicho: de algunos humanos capaces de hacer una música que todos compartimos a tal punto que su cielo es el de cualquiera.



Elogio del becuadro

Elogio del becuadro

Convenimos en que hay siete sonidos en la escala fundamental y que corresponde llamarlos naturales. A su vez, cada uno de ellos se puede alterar, o sea convertirse en otro, medio tono arriba o abajo, pero sin perder el nombre, más o menos lo mismo que nos ocurre a lo largo de la vida. Así tenemos, por ejemplo, el la natural, el la sostenido, que está medio tono por arriba, y el la bemol, lo mismo por abajo.
 



Una gitana, un vasco y tres franceses

Una gitana, un vasco y tres franceses

A punto de estrenarse Carmen en 1875, la soprano Celestine Galli-Marié, que hacía la protagonista, se quejó a Bizet porque le faltaba un aria de salida, lo cual deslucía su aparición. Más aún: le exigió que la compusiera. Al músico no se le ocurrió nada mejor que españolear un poco y tomó una habanera hecha por un colega vasco, Sebastián Iradier, a la cual pegaron los versos del caso sus libretistas, Meilhac y Halévy. Pío Baroja dedicó una simpática crónica a su paisano, donostiarra si mal no recuerdo.



¿Es usted moderno?

¿Es usted moderno?

Harto de oír la palabra “moderno” cargada de incomprensibles ambivalencias – qué moderno, que bien vestido o qué moderno, que inmoral – me fui a consultar a los sabios.



Prosa, poesía, música

Prosa, poesía, música

Desde los románticos se viene diciendo que todas las artes propenden a la música. Lo dijo Heine, lo repitió Borges y seguimos releyéndolos. Pero el asunto viene de lejos. Como siempre, los griegos lo pensaron antes. Enseñaban la música junto con la poética y la retórica. Sólo a partir de Alejandro Magno, acaso por influjo de su maestro Aristóteles, se dividió la prosodia, que afectaba a la prosa, de la armonía propia del poema. La palabra musical era poética. La desnuda y pura (y cruda y dura), prosaica.



Lenin y la música

Lenin y la música

A pesar del cerrado determinismo de algunos críticos así llamados marxistas y del dogmatismo revolucionario que juzga las obras de arte sólo por la inmediata utilidad política que se les exige rendir, algunos maestros del pensamiento socialista fueron bastante más matizados en estas cuestiones. Marx se sabía de memoria a Dante, un pensador favorable al Papado. Engels prefería las novelas del reaccionario Balzac antes que los folletines obreristas de Suë o Lafarge.



Armonía

Armonía

 Los griegos  −que, según parece, lo pensaron todo antes que nosotros – también se preocuparon por la armonía. Lo supe leyendo a los que saben del tema: Kirk, Guthrie, Eggers Lan. Los pitagóricos la definían como el acoplamiento o adecuación de las cosas entre sí, hasta en términos inmediatamente materiales, físicos. Servía también para denominar la afinación de las cuerdas de un instrumento, todas de variada tirantez: una escala musical. Los intervalos, a su vez, se definieron por números.



El violinista de Hitler

El violinista de Hitler

Dice Walter Benjamin que el fascismo es la estetización de la política como el estalinismo es la politización de la estética. Hitler, por ejemplo, vivió rodeado de arte y artistas. Él mismo era un pintor de postales y un proyectista de ciudades. Lo comprometió a Albert Speer, un exquisito vanguardista, a diseñar urbes monumentales de evocación clásica. Tanto consiguió del buen arquitecto que éste, al ver las sinagogas incendiadas, no se dio cuenta de que se había desatado una persecución contra los judíos.



Mahleriana

Mahleriana

Estamos teniendo un año Mahler y se nos anuncia otro. Canciones y sinfonías, entremezcladas, seguirán desplegando su gran mural, acaso porque Mahler sólo escribió una larga y única sinfonía, mechada de Lieder orquestales. Y también porque, quizá, no acabó de redactar la sinfonía ideal que lo asediaba.