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El Blog | Blas Matamoro




Música y palabra

Música y palabra

Es ya tópico señalar que, ante la palabra, siempre significante de otras palabras, la música es del orden de lo inefable, lo que no se puede decir porque está más allá o más acá de todo lo decible. ¿Qué pasa, entonces, cuando la palabra se canta, cuando la música se aviene a apalabrarse, a verbalizarse? ¿Qué pasa con la canción, con la ópera? Son intentos de racionalizar lo irracional, de hacer entrar en razones a la música, esa mujer desnuda que corre, loca, por la noche pura de Juan Ramón. Así lo han entendido algunos y cabe llegar a una provisoria conciliación.



El tiempo y el canon

El tiempo y el canon

Examinando la historia de la música como historia de las relaciones entre la producción musical y su recepción, se observa que el denominado canon —la lista de títulos que circula por los conciertos, funciones de ópera y grabaciones— varía duramente entre época y época. En general podría decirse que el canon se ha ensanchado respecto a cualquier pasado, gracias al aumento de la población, que incide en el creciente público de la música, la mejora del nivel económico medio y la baratura de los medios mecánicos de reproducción musical.



¿Campeones mundiales?

¿Campeones mundiales?

Los estudiosos de las religiones se ocupan de la llamada participación mística, un fenómeno por el cual una multitud se considera participante de una entidad sobrenatural que homologa a todos sus miembros. En nuestros días, el ejemplo más evidente es el fútbol. Un forofo, habitualmente, se refiere a nosotros como si él mismo fuera Iniesta o Messi. Si se trata de seleccionados nacionales, los confines de la participación se ensanchan y comprometen a toda una sociedad. Entonces, cualquiera de nosotros es campeón mundial de fútbol de 2010.



Una enfermedad contagiosa

Una enfermedad contagiosa

Varios de los grandes innovadores del teatro contemporáneo —Stanislavski, Piscator, Gordon Craig, Antoine— se asomaron al mundo de la ópera. Incluso Sergio Eisenstein, el director de cine que nos ha dejado unos cuantos clásicos mudos y hablados, se midió con el Wagner de La valquiria. Cabe recordar que el siglo XX fue, entre otras cosas, el de una enésima renovación operística y que los estrenos de Weill, Stravinski o Prokofiev exigían nuevas técnicas en cuanto a puestas en escena, acordes con la novedad estética de las partituras.



Naturalidad y naturalismo

Naturalidad y naturalismo

Muchas veces, a lo largo de la historia de la música, aparece el tema de la naturalidad de la misma, su vigencia, su caducidad y su renovación. En esto, el arte parece imitar a la naturaleza, en sus ciclos de eclosión, plenitud, decadencia e hibernación.



Recitales de antaño

Recitales de antaño

Hurgando en una librería de viejo me he encontrado con algunos programas de la Sociedad Filarmónica de Madrid que tuvieron lugar en el Teatro de la Comedia hace casi noventa años. Tienen un formato curioso: tres partes separadas por dos intervalos de quince minutos.



Sacralidad de la música

Sacralidad de la música

El romanticismo apareció, entre muchas otras cosas, en una encrucijada espiritual provocada por dos grandes traumas históricos: la muerte de Dios y la muerte de la Revolución. En efecto, los filósofos empezaron a pensar que el Dios personal resultaba superfluo para el pensamiento moderno y en cuanto a la revolución francesa, sus derivados como el terror del año 93 y las guerras napoleónicas, corrompieron bruscamente sus prestigios. Las reacciones obvias fueron, justamente, las reaccionarias: volver a Dios por la Iglesia y reponer la cortada cabeza del rey en algún sucesor.



Un chal para Isolda

Un chal para Isolda

Cuenta en sus memorias la gran soprano wagneriana Astrid Varnay que, apenas acabada la segunda guerra mundial, debió interpretar Tristán e Isolda en el londinense Covent Garden. Según es sabido, en el segundo acto, Isolda debe hacer señales con un velo a Tristán, indicándole que está en condiciones de recibirlo a la sombra de un bosque, dado que el marido se encuentra lejos, de cacería. No sabe Tristán que le espera, más que una noche de amor, un largo y extenuante dúo wagneriano, pero esa es otra historia.



El fiel correpetidor

El fiel correpetidor

Así tituló Theodor W. Adorno una de sus colecciones de crítica musical, aludiendo a una profesión que tiene fama de fidelidad y, según el tópico, de sumisión y penumbra. En cuanto a la fiel esposa de las tradiciones machistas, éstas dicen lo mismo del género femenino. En efecto, los pianistas acompañantes, conforme al adjetivo, sirven de compañía al cantante o al instrumentista protagónico. Respecto a los maestros internos, es como si estuvieran escondidos en las salas de ensayo, sin que nadie les viera la cara ni salieran jamás a agradecer los aplausos al final de la función.



Zapateros y zapatos

Zapateros y zapatos

En sus memorias Mi vida. Mi arte, el tenor Nicolai Gedda hace interesantes consideraciones sobre las puestas en escena de las óperas. Teniendo en cuenta que el libro fue editado en 1998, cabe observarlo como el inicio de la actual polémica sobre el tema.