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El Blog | Blas Matamoro




Hindemith, el calígrafo

Hindemith, el calígrafo

Quizá sea Paul Hindemith el músico que mayor interés puede despertar en un escritor. No lo digo por lo obvio, por la música suya basada en textos literarios —diría que es la menos interesante para mí— ni tampoco por las explicaciones doctrinales a las que fueron tan afectas las vanguardias del siglo. Solía decir Umberto Eco que las vanguardias llenaban varios volúmenes de manifiestos antes de escribir un poema.



Leopardi melómano

Leopardi melómano

En una anotación de su Zibaldone di pensieri (10 de septiembre de 1821), Giacomo Leopardi se refiere a la música. Es difícil imaginar qué música habrá escuchado el poeta en su retiro provincial italiano de Recanati, por aquellas fechas. En Europa tenía lugar le revolución beethoveniana pero no es creíble que sus ecos llegaran a esa recóndita Italia leopardiana. No obstante, el país tenía su equivalente Beethoven en Rossini, como ha apuntado sagazmente José Luis Téllez en esta misma revista.



Números y sonidos

Números y sonidos

A menudo decimos que un edificio, un cuerpo, un rostro, nos parecen armoniosos. Los ejemplos podrían multiplicarse. Viceversa, si los colores de un vestido están mal conjuntados opinamos que no armonizan. Lo mismo respecto a las palabras de un ministro comparadas con las de un diputado. Como se ve, las referencias musicales  han pasado al habla cotidiana.



Ópera y literatura

Ópera y literatura

Melchior Grimm, personaje de la elegancia ilustrada en la Francia del siglo XVIII, escribió en la Enciclopedia un artículo sobre los poemas líricos. En él, de refilón, se ocupa de los libretos de ópera al uso en aquel país. Los encuentra fríos, elocuentes, verbosos y, como emergente, de mal gusto e ineficaces para su finalidad principal: ser cantados en un escenario.



El oído de Kierkegaard

El oído de Kierkegaard

Es sabida la afición musical del filósofo Søren Kierkegaard. Su ensayo sobre Don Giovanni de Mozart ha circulado como ejemplar en la lectura del viejo mito donjuanesco. Pero como melómano y filósofo, se ha ocupado de pensar la ubicación del arte sonoro en cuanto a nuestra condición de seres angustiados por la presencia de la muerte, el pecado original y la ansiedad que produce la misteriosa Gracia divina. Lo hizo en La enfermedad de la muerte y en Esto o aquello.



La voz del filósofo

La voz del filósofo

Estamos habituados a pensar que los filósofos trabajan con abstracciones y en unas alturas celestiales que poco tienen que ver con nuestros cuerpos. En verdad, no es así, ya que los filósofos se ocupan de la vida humana y los seres humanos tenemos cuerpos. Hasta los filósofos tienen cuerpo. Hegel, por ejemplo, se ha interesado por la voz como el elemento más típicamente humano de nuestra vida corporal.



Música constitucional

Música constitucional

La música, como el aliento, alienta por todas partes, si se admite la repetición. No obstante, sólo conozco un texto que la incluya en la Constitución de un Estado. Se llamó, de modo efímero, Reggenza Italiana del Carnaro y contó con una Carta, a la que enseguida me referiré. Más habitualmente se la conoce como expedición a Fiume y consistió en la toma de la ciudad así llamada, hoy en territorio croata, por medio de una tropa de legionarios y oficiales al mando del poeta Gabriele d´Annunzio.



Pitágoras ha vuelto

Pitágoras ha vuelto

Un lector curioso y lego como quien esto suscribe, al asomarse a la física teórica goza como quien lee literatura fantástica. No en vano Ervin Laszlo, correcto cuántico, ha comparado la teoría de cuerdas con el sonriente gato de Chesire que aparece en el País de las Maravillas de Alicia.



De Gluck a Mozart y de Mozart a Gluck

De Gluck a Mozart y de Mozart a Gluck

La reforma de la ópera en el siglo XVIII partió de una observación sobre la economía escénica entre palabra y canto. Se consideraba la ópera barroca como “excesivamente musical”, es decir con exigencias de un canto florido que, a menudo, dejaba la palabra como simple ingrediente o excusa para que el cantante luciera sus estudios y facultades. Cuando hacía falta que el personaje se expresara en situación, se recurría al recitativo, con la menor carga posible de música.



Música, diablos y demonios

Música, diablos y demonios

El Demonio en sus distintas manifestaciones fue una obsesión para Goethe. Y, como todas las obsesiones, una compañía constante, a veces estimulante y otras, horripilante. No me refiero al Diablo que, bajo el nombre de Mefistófeles, se le aparece al doctor Fausto y le propone el célebre pacto. Este personaje le parecía a Goethe “el espíritu que siempre lo niega todo”, un ser esencialmente destructivo. Más le preocupaba lo que él denomina “lo demoníaco”. Trata de explicarlo en su novela Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister y lo reitera en sus conversaciones con Eckermann.