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Románticos




PorBlas Matamoro - Publicado el 09 September 2010

Románticos

Comentando el célebre dicho de Rubén Darío podríamos afirmar que no se puede ser sin ser romántico. ¿Una suerte de fatalidad decadente, acaso inevitable para el hombre moderno? Lo digo porque los románticos también se llamaron modernos en oposición a los clásicos, como si romanticismo y modernidad fueran sinónimos. Dubitativo o convencido, el lector, seguramente, estará entornando los ojos y exclamando “¡Ah!”
         A (esta vez sin hache ni signos de admiración) cuento de lo anterior, un par de centenarios permiten insistir: Chopin y Schumann están cumpliendo 200 años. Románticos ambos, hasta la obviedad, capaces de emocionarnos sin inquietar nuestro pudor. Pero ¿fueron igualmente románticos ambos? Apelo a un solo rasgo esencial de esta estética: la exteriorización del sentimiento, enfatizada por el hecho de que, para un romántico, sentir no es sólo un episodio sentimental sino una manera de conocer. Aún más: que no hay arte más afectivo/afectuoso que la música, ideal utópico de todo saber romántico y meta codiciada por las demás artes del museo (la familia de las musas, conviene aclarar).
         En mi modesto – y aplicadísimo – entender, no se puede ser tan diferentemente románticos como lo fueron Schumann y Chopin. Lo sostengo a partir del elemento decisivo de toda tarea artística. Si me apuran, de todo objeto: la forma. Chopin, sensibilidad romántica capaz de hacernos sacar el pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta para absorber una lágrima, es una mentalidad clásica, por gusto y por amor al geénero definido y a la medida precisa. Hasta cuando escribe sus scherzi está respetando un esquema triádico.
         Schumann – sobre todo el Schumann más schumanniano, el de la primera mitad de su historia – parte del impulso afectivo y llega a la forma que buenamente le propone el desarrollo máximo de ese impulso, y ahí se las den todas. Chopin jamás se pasa de la línea porque lineal es el dibujo. Schumann pinta con densos óleos y la mancha alcanza lo que alcanza, hasta erigir secretos monumentos al batiburrillo como su Concierto sin orquesta o su sinfonía en cinco tiempos, subtitulada Renana, donde la estructura canónica del género se hunde en las aguas del Rhin. Y lo bien que hace.
         No adoctrino sino que sugiero. ¿Qué es lo primario del arte? ¿La materia o la forma? En la obra han de fundirse sin distinción. Si se pueden distinguir, la cosa ha fracasado. Chopin parte de un extremo y Schumann, del otro. Se encuentran allí donde el pájaro profeta baila polonesas. En un salón romántico, vamos.
 
Blas Matamoro