Ud. está aquíInicio / Bitácoras / Arturo Reverter / Mariategui

Mariategui




PorArturo Reverter - Publicado el 14 Junio 2010

Mariategui

Por estos días lloramos, algunos que fuimos sus amigos y a veces colegas, la muerte de Suso Mariategui, artista de raza, tenor, docente y creador vitalista. El canto fue siempre su estandarte y a su servicio estuvo hasta que un fulminante ataque al corazón lo transportó, a los 69 años, a esas regiones por las cuales todavía vaga Tamino en busca de su Pamina, los protagonistas de La flauta mágica, una ópera que había cantado en más de una ocasión, sobre todo por aquel tiempo en el que, aún joven, frecuentaba las clases vienesas de Anton Dermota.

Hombre culto y cultivado, universitario, Mariategui pronto despegó de su ciudad natal, Las Palmas de Gran Canaria, y recaló en Viena, donde estudió con aquel ilustre tenor croata, de quien aprendió no sólo la práctica de la emisión a la máscara, sino, cosa muy importante, a analizar y trabajar el repertorio liederístico y a adquirir así las bases de una escuela centroeuropea que pasaba por autoridades de la talla de los tenores Karl Erb, Walter Ludwig o Julius Patzak y de los barítonos Gerhard Hüsch, Willi Domgraf-Fassbaender, Heinrich Rehkemper, Herbert Jansen o Carl Schmitt-Walter. Vivió allí muchos años y allí se empezó a hacer un nombre por los teatros austriacos y alemanes, en los que dio pruebas de un sutil arte para cantar Mozart, de lo que su Tamino fue un reflejo. Tenía un buen antecedente y estaba en la cuna mozartiana, una ciudad en la que los vectores germanos se cruzan con los napolitanos. De aquella época, años setenta, ochenta, data su relación con el pianista Edelmiro Arnaltes, que más tarde sería su marido.

Mantuvo permanente relación con Alfredo Kraus, que se acrecentó a partir del regreso a España. Con el maestro, paisano suyo, trabajó asimismo las técnicas de impostación y emisión, en la línea dermotiana, con acusada presencia de los senos nasales, frontales y maxilares y una cuidada proyección a los resonadores craneales. Modos y procedimientos que supo seguir, pero desde su particular punto de vista y personalidad, acoplando tales enseñanzas a sus características vocales. El entendimiento fue mutuo, por lo que cuando a Kraus se le ofreció la cátedra de canto Ramón Areces de la Escuela Reina Sofía, llamó a Mariategui como ayudante; misión en la que participó también Arnaltes, que con el tiempo habría de convertirse en el habitual acompañante de aquél, una vez retirado Pepe Tordesillas. Fue una etapa rica en experiencias, de mucho y bonito trabajo, en la que nuestro artista todavía prestaba su colaboración a algunos proyectos operísticos o recitales de lied. Lástima que, desaparecido el titular de la cátedra, la dirección decidiera prescindir de los servicios y de toda una escuela centrada en las peculiaridades de la técnica krausiana, que Mariategui continuó cultivando, desde sus propios presupuestos, naturalmente, y administrándolo a un selecto grupo de alumnos y de cursillistas que se apuntaban a los talleres que impartía con Arnaltes.

Suso poseía por tanto la técnica. Las tablas de la Markoff, que habían sido tan importantes para el maestro, lo serían para él, que se forjó de esta manera una preparación inmejorable para respirar bien y con seguridad. Para administrar el fiato, cosa tan básica en la profesión. No era la voz del cantante lo más destacado de su arte, pues poseía una rara veladura de natura que le impedía el total lucimiento tímbrico, una suerte de toque de curiosa nasalidad o, incluso, gangosidad; que no era tal, pues su técnica emisora le concedía la posibilidad de sortear tales obstáculos a fin de que el sonido, aun con sus impurezas, se proyectara correctamente y, anclado en una base física bien estudiada, pudiera remontar y resonar adecuadamente en las cavidades correspondientes, que él había ampliado, en una singular aproximación a las técnicas de su maestro. El timbre, de lírico-ligero, ligero en sus comienzos, pese a las adherencias citadas, resultaba tener un especial terciopelo, para algunos atractivo; era igual y homogéneo. Por otra parte la extensión era notable, con agudos fáciles y luminosos. Lo recordamos, por ejemplo, emitiendo sin pestañear un do sobreagudo en el estreno de Kiu de Luis de Pablo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

No se ha sido del todo justo con Mariategui, ya que esas curiosas impurezas de su órgano vocal eran vistas por algunos como algo inadmisible, sin reparar en que, primero, sólo se daban en una pequeña parte de la tesitura y, segundo, que -eso a nuestro juicio, que no vamos a proclamar que sea por completo imparcial - eran en buena medida disimuladas, incluso difuminadas, por la soberana preparación técnica y el cuidadísimo modo de enunciar, regular, medir, modular y decir. Porque el tenor estaba en el secreto del fraseo elegante y perfilado en busca de la necesaria expresividad; los excelentes fraseadores que fueran Dermota y Kraus estaban detrás, sin duda.

Con todo, el canto de Mariategui era sano y ortodoxo, muy canónico. Estaba en el secreto del matiz, del control de la intensidad, de las dinámicas. Lo cual, a la postre, lo convertía en un estupendo intérprete de lied, lo que venía asimismo favorecido por un más que aceptable dominio de la lengua de Goethe, algo fundamental para servir con propiedad tan difícil género, que él, repitásmoslo, había mamado de las mejores manos y de la mejor tradición centroeuropea. Mariategui fue más de una vez huésped de Radio Nacional, donde grabó varios compactos. Quizá el más sonado y uno de los más conseguidos fue aquél que incluía Dichterliebe de Schumann y una serie de lieder de Wolf. Un logro antes impensado para un cantante español. En la estela asimismo cultivada por el también tenor, más oscuro de timbre, Manuel Cid, casualmente hoy en el puesto que ocupaba Mariategui en la Escuela Reina Sofía y alumno durante algún tiempo del  Mozarteum salzburgués. Sin embargo, la primera huella dejada por Suso en los estudios de la radio oficial había sido, bastantes años antes, Die schöne Müllerin de Schubert, con Miguel Zanetti al piano. Da gusto escuchar el fraseo del cantante a pesar de la deficiencia de la toma y la sonoridad un poco a lata del teclado. Una muy sentida interpretación de la que destacaríamos la especial finura y variedad del penúltimo lied del ciclo, El molinero y el arroyo.

Mariategui se cortó la coleta como cantante hace no muchos meses en su tierra natal después de un recital con guitarra en el que realizaba un recorrido por distintos tipos de canto. El título lo decía todo: De Monteverdi a los Beatles. El concierto no quedó recogido en disco; pero el programa fue grabado previamente. Entre las expresivas recreaciones del tenor, elegiríamos la de la canción popular andaluza armonizada por Lorca Los mozos de Monleón, una buena prueba de gusto, refinamiento y talento dramático. El recitado tiene una temperatura muy alta.

En su juventud Mariategui fue un muy adecuado Nemorino de L'elisir d'amore, al que daba toda la ternura y gracia rústica requeridas. Lo admiramos asimismo en un bien delineado Ernesto de Don Pasquale, en donde cantaba un Sogno soave e casto de extrema delicadeza, con puntuales ascensos al si bemol agudo. Valioso fue también su acercamiento a un personaje tan singular como su canto, el del Inocente de Boris Godunov, al que otorgaba ese preciso toque de desvalimiento y alucinación. Y arrostraba la agudísima parte del ganso de Carmina burana cantando a plena voz el do y el re4.

Mucho echaremos de menos a Suso Mariategui, persona además cabal, generosa y amical, dotada de un maravilloso sentido del humor, de una vitalidad y de un entusiasmo fuera de serie. La suya era una vida sana en todo los órdenes. Lo que no ha impedido que el elegante caballero cantado por Schubert en su lied La muerte y la doncella se lo llevara por delante en una aciaga madrugada.